miércoles, 12 de marzo de 2008

Por ser un chico excelente.

Recientemente se publicaba la noticia de que una estatua del astrónomo Galileo Galilei, condenado por la Inquisición y rehabilitado por la Iglesia 350 años después de su muerte, será colocada en los Jardines Vaticanos en el 2009.

Este acto de reconocimiento se da después de que el 31 de octubre de 1992, a los 350 años de su muerte, el papa Juan Pablo II lo rehabilitase solemnemente y criticase los errores de los teólogos de la época que dieron pié a tal condena, sin que llegase a descalificar expresamente al tribunal que lo sentenció. Para la Iglesia Católica fue una herejía el contradecir a la Biblia defendiendo la concepción copernicana del Universo y el hecho de que nuestro planeta no fuese su centro. ¿Como iba yo a rebajar la condición humana hasta tal extremo?.

Después de tantos años, analizando los hechos fríamente y con la ayuda de lo que dice el Concilio Vaticano I acerca de la fe y la razón se pueden extraer las siguientes conclusiones:

- Como consta en dicho texto, hay dos órdenes de conocimiento, la fe y la razón. Hay misterios escondidos por mí y que no se pueden desentrañar razonando.

El asentimiento perpetuo de la Iglesia católica ha sostenido y sostiene que hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto. Por su principio, porque en uno conocemos mediante la razón natural y en el otro mediante la fe divina; y por su objeto, porque además de aquello que puede ser alcanzado por la razón natural, son propuestos a nuestra fe misterios escondidos por Dios, los cuales sólo pueden ser conocidos mediante la revelación divina.

- La fe debe iluminar a la razón pero ni siquiera ésta nos libra del oscurantismo al que estamos condenados.

Y ciertamente la razón, cuando iluminada por la fe busca persistente, piadosa y sobriamente, alcanza por don de Dios cierto entendimiento, y muy provechoso, de los misterios, sea por analogía con lo que conoce naturalmente, sea por la conexión de esos misterios entre sí y con el fin último del hombre. Sin embargo, la razón nunca es capaz de penetrar esos misterios en la manera como penetra aquellas verdades que forman su objeto propio; ya que los divinos misterios, por su misma naturaleza, sobrepasan tanto el entendimiento de las criaturas que, incluso cuando una revelación es dada y aceptada por la fe, permanecen estos cubiertos por el velo de esa misma fe y envueltos de cierta oscuridad, mientras en esta vida mortal «vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión»

- La fe está por encima de la razón y en caso de contradicción entre ellas es la fe la que debe primar. Todo lo que se oponga a la fe es falso.

Pero aunque la fe se encuentra por encima de la razón, no puede haber nunca verdadera contradicción entre una y otra: ya que es el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, quien ha dotado a la mente humana con la luz de la razón. Dios no puede negarse a sí mismo, ni puede la verdad contradecir la verdad.
De esta manera, «definimos que toda afirmación contraria a la verdad de la fe iluminada es totalmente falsa»

- Los imprudentes que opongan a mi fe deben ser proscritos por la gracia de Dios. Queda prohibido defender posturas que vayan contra la fe por mucho que se basen en la ciencia.

Además la Iglesia que, junto con el oficio apostólico de enseñar, ha recibido el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene por encargo divino el derecho y el deber de proscribir toda falsa ciencia , a fin de que nadie sea engañado por la filosofía y la vana mentira. Por esto todos los fieles cristianos están prohibidos de defender como legítimas conclusiones de la ciencia aquellas opiniones que se sabe son contrarias a la doctrina de la fe, particularmente si han sido condenadas por la Iglesia; y, más aun, están del todo obligados a sostenerlas como errores que ostentan una falaz apariencia de verdad.

- La Iglesia promueve la libre investigación y desarrollo cultural sin condicionarla pero, eso sí, mientras no se contradiga a la fe.

La fe y la razón no sólo no pueden nunca disentir entre sí, sino que además se prestan mutua ayuda, ya que, mientras por un lado la recta razón demuestra los fundamentos de la fe e, iluminada por su luz, desarrolla la ciencia de las realidades divinas; por otro lado la fe libera a la razón de errores y la protege y provee con conocimientos de diverso tipo. Por esto, tan lejos está la Iglesia de oponerse al desarrollo de las artes y disciplinas humanas, que por el contrario las asiste y promueve de muchas maneras. Pues no ignora ni desprecia las ventajas para la vida humana que de ellas se derivan, sino más bien reconoce que esas realidades vienen de «Dios, el Señor de las ciencias» , de modo que, si son utilizadas apropiadamente, conducen a Dios con la ayuda de su gracia. La Iglesia no impide que estas disciplinas, cada una en su propio ámbito, aplique sus propios principios y métodos; pero, reconociendo esta justa libertad, vigila cuidadosamente que no caigan en el error oponiéndose a las enseñanzas divinas, o, yendo más allá de sus propios límites, ocupen lo perteneciente a la fe y lo perturben.

- En definitiva verdad sólo hay una, la de mi fe, y se puede razonar libremente siempre y cuando no se me lleve la contraria a mí y a mi Iglesia.

Así pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado es propuesta no como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un depósito divino confiado a la esposa de Cristo para ser fielmente protegido e infaliblemente promulgado. De ahí que también hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. «Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos, y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia: pero esto sólo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento»

Volviendo a la historia sabemos que bajo amenaza de tortura, evocada por el papa, Galileo es condenado a abjurar y su libro "Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo, el tolomeico y el copernicano" pasa a formar parte del index librorum prohibitorum. También se le condena a pasar el resto de sus días convicto en su residencia.

Analizando lo ocurrido y sabiendo que la fe es superior a la razón y que la ciencia debe supeditarse siempre a ella, está claro que el proceder de mi Iglesia fue impecable.
Se puede argumentar que Galileo tenía razón pero ese es un detalle de importancia menor frente al hecho de que lo principal es salvaguardar la fe.
Tras los muchos años necesarios para asimilar los postulados de Galileo tenemos que rendirle un homenaje y le colocamos esta estatua. Pero que nadie se equivoque, el texto del Concilio Vaticano I deja muy clara la inferioridad de la razón frente a la fe, y la necesidad de oponerse a todo avance científico que nos resulte inconveniente.

La única ciencia válida es la que lleva hacia mi verdad.

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