lunes, 1 de diciembre de 2008

Mi infinita arrogancia.

Puesto que soy Yo la causa primera, el Ser Supremo, el único Creador de todo lo existente y el Bien en estado puro, podría parecer que con todo eso ya tendría que tener motivos para conformarme. Pero os equivocáis queridos feligreses, pese a mi infinita perfección tengo aún sigo necesitando:
- Hacer pública ostentación. No me basta con limitarme a una idílica existencia divina y necesito presumir de tan elevadísima posición. Para ello tuve que manifestarme precisamente al ser humano, criatura completamente necesitada de ser elegida por Mí.
- Recibir continuas alabanzas. No sólo soy perfecto para alardear de ello, sino que además requiero de constantes muestras de alabanza. Mi ego supremo debe ser obligatoriamente alimentado por mis creyentes, pobres criaturas mortales e imperfectas, amenazadas con una horrible condenación en caso de negarse a ello. Porque, aunque resulte un poco absurdo y difícil de justificar, es inseparable de mi condición el gusto por sentirme infinitamente halagado. Ni que decir tiene que me encanta que se me construyan los templos más espectaculares y se me hagan las mejores ofrendas.
- Hacerme derrogar. Me encanta regocijarme con la inmensa sensación de superioridad y poder que se experimenta al recibir las súplicas y ruegos de mis creyentes. Pese a que la causa de la súplica sea justa y, en muchos casos, producto de la desesperación, y a que se hayan seguido los procedimientos reglamentarios, tengo que reconocer que en la inmensa mayoría de los casos disfruto desoyéndolos.
El hecho de que mi suprema arrogancia sea tan poco cuestionada por mis creyentes responde al hecho de que simplemente soy un reflejo de sus necesidades. Me necesitan perfecto, pero también humano, porque sólo así ellos podrán considerarse algo especial, y ¿qué hay más humano que el insaciable ego del que precisamente surge la religión?. Es por estar todo ésto tan profundamente imbricado en el subconsciente humano, en el que el fenómeno divino tiene su origen, que nunca se plantea la contradicción entre mi suprema perfección y el infinito placer que siento con la ostentación, el ruego y la alabanza. ¿De qué te sirve ser Dios si no puedes alardear de ello?. Resulta además esclarecedor observar cómo ésta es una característica común a todas las deidades, de las que precisamente Yo soy la única verdadera.
Puesto que forma parte de mi condición divina la necesidad de alimentar el ego con los elogios de mis seguidores y que esa es la oculta y profunda motivación de todo blogger, es que he creado éste blog. Porque es algo completamente ineludible e irresistible si resulta que, verdaderamente, eres Dios.

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